Espresso Americano. Séptima Estación.
Colombia: En Gaza (y Bolívar) nos encontramos todos

Café. Banano. Selvas. Playas. Masacres de campesinos. Cocaína. La Patria Grande liberada por Bolívar. Colombia entre el realismo y la magia. Entre las heridas de 80 años de violencia estatal, narco y paramilitar, la persistencia de ser feliz y el porfiado intento de poner fin a la morbosa concentración del poder y la tierra. Más de 1 millón de km2 y 55 millones de almas que pueblan costas, amazonía, llanos orientales y, principalmente, los fértiles valles de la Cordillera de los Andes, que inicia aquí -o termina, según de dónde se le mire- su travesía por el continente.
Con salida al Caribe y al Pacífico, 7 bases gringas en su territorio y el segundo lugar en producción de cocaína a nivel mundial (sólo bajo Perú), el país lucha por torcer el rumbo vasallo y desigual que las oligarquías le han impuesto, con particular salvajismo, desde 1948. Tanto en los 15 años de la llamada Violencia -que dejó 200 mil asesinados-, como en la guerra contrainsurgente que le siguió entre el Estado y los campesinos obligados a la autodefensa primero, organizados bajo el leninismo después. A este escenario se agregó progresivamente el narcotráfico. Primero como sicarios de la derecha para asesinar civiles, luego como ejércitos mercenarios para hacer “el trabajo sucio” en la guerra contra los campesinos y, finalmente, ocupando el Estado mismo. Entre 1985 y 2016 fueron asesinadas al menos 450 mil personas.
El narcotraficante Nº 82 del Cártel de Medellín -según informes de EEUU- y máximo jefe paramilitar que gobernó el país durante la primera década del siglo, Álvaro Uribe Vélez, bajo las órdenes de Washington y con el invaluable asesoramiento bélico del sionismo desató las peores masacres de la historia reciente. Ejemplo palmario es la llamada política de “falsos positivos”, orden dada por el presidente al alto mando militar y replicado por éste a la tropa, para secuestrar a más de 6 mil campesinos bajo engaño, asesinarlos a cientos de kilómetros de sus casas, y hacerlos pasar por guerrilleros para mostrar a la prensa avances en la guerra.
Aunque la brutalidad de Uribe obligó a la rendición de las guerrillas, mantuvo el poder y la tierra en manos de los de siempre y la masacre de desmovilizados continúa, los logros obtenidos por el pueblo en Verdad y Justicia parecen haber abierto una nueva etapa en la que la violencia política goza de bajísima popularidad. Etapa frágil con avances y retrocesos, pero que permitió por primera vez en 200 años elegir a un presidente de izquierda. Con el poder -dentro y fuera- conspirando en su contra, con serias dificultades para materializar sus proyectos nacionales y con una nebulosa en la pronta sucesión autoimpuesta, Gustavo Petro ha mostrado sin embargo una decisión en el actuar que ya se quisieran los actuales líderes del “progresismo” en el Sur.
Irreductible en la defensa soberana y antiimperialista de la región, ha sido un activo promotor de los mecanismos de integración latinoamericana. Implacable contra el genocidio cortó relaciones con la Entidad Sionista, se hizo parte en la demanda de Sudáfrica, formó el Grupo de La Haya por la defensa de Palestina y ordenó un embargo energético que, pese a los intentos de la derecha por burlarlo, ha logrado detener el envío de carbón para la maquinaria de guerra nazi. Bien conoce el antiguo guerrillero, del sionismo que instruyó para el horror a los militares colombianos. Bien sabe que hoy en Gaza, pero también en Bolívar, nos encontramos todos.
Fernando Bermúdez Kuminev – Roberto Bermúdez Pellegrin
Corresponsales del multimedio Muros y Resistencia
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