Palestina, nadie se salva solo (III). El genocidio toca a nuestras puertas

Palestina, nadie se salva solo (III).

EL GENOCIDIO TOCA A NUESTRAS PUERTAS

 

Palestina, Belen 25 de Junio 2019
Grafiti de Camilo Catrillanca en el muro de separación entre Palestina e Israel.
Javier Torres/Aton Chile

 

La destrucción de lo Colectivo ya está en marcha y adopta múltiples facetas que podemos ver a unos metros de distancia: son los traficantes que controlan a poblaciones y territorios, convirtiendo a la juventud marginada por el sistema en kamikazes en búsqueda de dinero a través de la muerte, desintegrando violentamente comunidades, encerrando al resto dentro de sus casas con miedo (prestos a justificar políticas represivas y de control social), dejando calles, plazas y otros espacios de encuentro vacíos y sin identidad. Lo que, de paso, genera enormes ganancias que acaban en los circuitos del capital financiero nacional e internacional (reinvertidos en la maquinaria bélica del Complejo Militar Industrial que alimenta a “Israel”), al tiempo que sirve de excusa para el despliegue policial, militar y paramilitar del Estado y de los dispositivos de vigilancia y control del Tecnocapitalismo (videovigilancia, reconocimiento biométrico, vigilancia con IA, etc.), imponiendo un Estado de Excepción permanente.

 

No hay Colectivo sin un territorio, y el territorio que nos imponen es un territorio vigilado, desterritorializado, militarizado, rodeado por muros de contención, cámaras de vigilancia y cercos de diverso tipo para el control de la población y la represión de los desobedientes, constituyendo apartheids locales que dividen a los “ciudadanos de bien” de aquellos potencialmente peligrosos. Y es que quieren que nos olvidemos del territorio real; quieren que estemos encerrados, viendo memes, adictos a la dopamina digital del like y el scrolling infinito al ritmo de tralalero tralala. Mientras, afuera, destruyen los salares para fabricar baterías de litio, deforestan la Amazonía para dragar oro o cercenar madera de balsa para los aerogeneradores “limpios” del Capitalismo Verde, convierten a nuestra vecina en adicta al tramadol o al vecino en adicto a la pasta base, masacran a la población en Gaza o desaparecen a quien defiende la vida. A propósito, ¡¿dónde está Julia Chuñil?!

 

En un escenario en donde las desigualdades y carencias generadas por el neoliberalismo y el despojo generalizado chocan con las expectativas y posibilidades de hiperconsumo masificadas por los medios y el marketing digital, el pueblo busca salidas individuales. Niños y jóvenes se ven saturados por la avalancha digital y nulas perspectivas de futuro, en el marco de una educación que ha sido diezmada para destruir su capacidad crítica y reflexiva y evitar de esa forma que generen lazos y actúen colectivamente.

 

Así, para muchos las alternativas son el meterse a pistolero o narco para obtener dinero fácil y una vida intensa pero corta, probar suerte como futbolista, tratar de volverse influencer, hacerse un Onlyfans o intentar con la prostitución encubierta consiguiendo un sugar dady. El mundo del trabajo es poco atractivo, se gana poco, te explotan y, de todas formas, te reemplazará un robot. Por otra parte, otros encausan su rabia y sus frustraciones no hacia los dueños del poder y la riqueza sino hacia el Otro. Su precaria situación no se debe – según ellos – a la explotación ni al capitalismo sino a una conspiración del “comunismo”, del “feminismo”, a “los inmigrantes” o a “la ONU”, como seguro se los dijo un video de Tik Tok. Surgen entonces individuos revanchistas, de subjetividades individualistas violentas, extremistas hacia el otro(a) mujer, el otro pobre, el otro extranjero, el otro palestino.

 

En ellos se nutren las filas de las únicas entidades “colectivas” permitidas: las fuerzas nacionalistas que apelan a la patria y a los supuestos valores nacionales amenazados y las fuerzas sectarias de las iglesias evangélicas, particularmente aquellas de tácticas carismáticas y que se rigen por la Teología (Ideología) de la Prosperidad, es decir, evangélicos reaccionarios neoliberales aliados al Ente de Ocupación autodenominado “Israel”. Estas iglesias, junto con operar como Esquemas Ponzi, son la principal fuente de la simpatía por el sionismo que ha calado en los barrios, difundiendo su idea de los “israelíes” como “pueblo elegido” cuyo “retorno a Israel” anticipa el regreso de Jesús, oponiéndose a esto los “terroristas palestinos que se merecen todo lo que les está pasando”.

 

Es en este peligroso caldo de cultivo donde las políticas reaccionarias de destrucción de lo Colectivo encuentran apoyo y un rabioso intento de legitimidad. Y este mismo mecanismo de encausamiento de la rabia, la impotencia, la incertidumbre y las frustraciones hacia un Otro (los palestinos que amenazan el regreso de su Mesías), se repite con la temática de la delincuencia o la inmigración y tiene el potencial para trasladarse a otros futuros grupos humanos que requieran ser caracterizados como enemigos. En este sentido, el Sionismo es la punta de lanza de una lógica global de deshumanización, represión y exterminio de los pueblos.

 

Aunque esto no es nuevo. Ya lo vimos con Yair Klein y los narcoparamilitares en Colombia, por citar un nefasto ejemplo que lo sentimos hasta el día de hoy. Y es que Palestina es, desde hace décadas, el campo de experimentación de las políticas y mecanismos de control, represión, tortura, asesinato y exterminio que luego son utilizadas contra el resto del mundo.

 

El espionaje hacia los palestinos se convirtió luego en el spyware Pegasus en Latinoamérica; sus bombas lacrimógenas, blindados y drones son usados para reprimir las movilizaciones en Chile y al pueblo mapuche; gigantes tecnológicos como Amazon, Google, Microsoft y otras trabajan junto al ocupante para generar nubes e inteligencias artificiales para tecnificar genocidio, las mismas que luego despliegan por el resto del globo con un discurso que sustituye al “terrorista palestino” por el “delincuente del barrio”; el modelo de segregación y puntos de control prueba su eficacia en Gaza y Cisjordania para luego masificarse como islas urbanas militarizadas, “barrios seguros”, micro apartheids locales.

 

No es exagerado decir que lo que vemos hoy en Palestina es lo que vendrá. “Israel” es una base militar que opera como la vanguardia expansionista del Capital Global amenazado y su ofensiva genocida contra Palestina es la expresión máxima del intento por destruir lo Colectivo, que es destruir la condición humana misma.  Hoy son ellos, mañana seremos nosotros y nosotras. Aunque, tristemente, no hay que esperar mucho, el genocidio ya está en marcha en distintos rincones. Son las mujeres víctimas de la violencia patriarcal, son los luchadores de pueblos originarios, comunitarios y de derechos humanos asesinados, es la masacre de nuestra juventud en los barrios, es el genocidio en el Tigray, en Sudán, en Myanmar, es el exterminio masivo de la vida en el planeta, es la política de la muerte, la razón genocida expandiéndose para asegurarle al Capital que la humanidad no resistirá, que los territorios y lo Común podrán ser saqueados impunemente y que el destino de quienes se opongan será el de Gaza.

 

La batalla por Palestina es, entonces, definitoria. O será la última batalla colectiva que dará la humanidad o puede ser la primera de muchas por venir. La primera opción es la derrota y sentenciar un destino en donde las próximas batallas, locales, puntuales, focalizadas, las daremos solos, aislados, fragmentados, cada uno en sus rincones y cuando gritemos y recibamos, como mucho, un like de apoyo en alguna publicación de denuncia, no sabremos si reír o llorar.

 

Patricio Hernández, activista comunitario de La Pincoya y cientista político

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