“Míralo, y viene con el paco”

“Míralo, y viene con el paco”

No recuerdo bien si fue en un documental sobre la dictadura o en algún reportaje del corte Informe Especial en donde aparecía la escena, pero era más o menos así: la cámara estaba enfocando a un grupo de mujeres que realizaban una concentración en una zona más bien rural, quizás donde fueron encontrados los restos de los profesionales del caso Degollados, cuando de repente esta gira y enfoca hacia el lado izquierdo, y se ve a un civil y a un uniformado caminando hacia quienes se habían convocado en homenaje a sus deudos.

Es entonces que se oye a una de las mujeres, evidentemente sorprendida y acongojada, decirle a otra: “Míralo, y viene con el paco”. La reacción tenía que ver -por lo que recuerdo casi con total claridad- con que aquel civil era el ex ministro socialista José Antonio Viera-Gallo, y el uniformado nada menos que el miembro de la Junta Militar y General Director de Carabineros entre 1985 y 1995, Rodolfo Stange.

Sin perjuicio de los detalles en los que puedo estar errando, la escena no se me fue nunca de la cabeza. De hecho, dos décadas y media después, probablemente, estoy escribiendo estas líneas inspirado por ese recuerdo. Creo que en ese momento me sentí desorientado. No entendía bien por qué un dirigente “de izquierda”, cuyos amigos y “compañeros” habían sido asesinados o hechos desaparecer, realizaba una acción de ese tipo acompañado de uno de los partícipes directos del régimen responsable de esos asesinatos y desapariciones.

Lo que sí entendía, era la revictimización y la humillación que eso significaba para las personas que en ese momento recordaban a sus familiares a los que la dictadura les había arrebatado la vida. Empatía, le llaman. También sentido común. Pero, por sobre todo, creo que movilizaba mi sentir algo que quizás no logré conceptualizar bien por entonces: lo doloroso que resulta observar cómo es que se consolida la impunidad.

 

Y es lo que he vuelto a sentir hoy. A diferencia de la dictadura, ahora fui testigo directo de las violaciones a los Derechos Humanos cometidas principalmente por funcionarios de Carabineros durante el Estallido Social. No me las contaron. Vi por meses la incansable bestialidad con la que operaban en Plaza Dignidad y sus inmediaciones los agentes del Estado. Muchos de ustedes también las observaron y padecieron.

Yo igual. Como cuando con mi compañera pensamos lo peor tras ser encerrados en el borde del río Mapocho frente a un Parque Forestal en el que a determinada hora se cortaban las luces para que los uniformados pudieran vomitar toda su inhumanidad, intentando en esa boca de lobo avanzar como animales empujados hacia un matadero, cargando en mi hombro parte de un ser humano medio inconsciente al que los policías le habían dado un golpe con un palo en la cabeza, mientras a solo metros lograba ver -cuando me giraba- a una pandilla de monstruos repartiendo lumazos en cualquier parte del cuerpo de sus víctimas inermes.

Algo que, cabe enfatizar, no fue nada en comparación a lo que padecieron aquellos a los que les arrancaron los ojos, a los menores de edad desnudados y obligados a hacer sentadillas en comisarías. A los que fueron torturados en medio de sus detenciones. A los que apalearon al punto de dejarlos postrados. A los que comprendieron que ese aliento que estaban dando era el último porque ya no habría más vida para ellos.

 

Eso es lo que representa hoy el General Director de Carabineros, Ricardo Yáñez, Jefe Nacional de Orden y Seguridad durante el Estallido Social. Y como ocurrió con aquel civil y el General de la dictadura, ahora es el propio Presidente Gabriel Boric el que ha decidido obviar todo ese horror y tenderle una mano a quien representa para las víctimas y sus familiares la corporeización más genuina, junto a oficiales como Claudio Crespo, de la violencia física más feroz y sistemática aplicada por la policía con objetivos políticos en la última década.

La impunidad no se construye solo técnicamente a partir de la validación por parte de la Justicia del accionar criminal; se levanta y se va consolidando igualmente de forma discursiva y comunicacional. Lo que un Presidente hace o deja de hacer, siempre comunica. La confirmación de Yáñez al mando de la institución, cada aparición en conjunto, cada palabra de irrestricto apoyo y cada mano estrechada con fuerza entre ambos, van amparando y devolviéndole la legitimidad a una autoridad hoy en calidad de imputado por violaciones a los Derechos Humanos.

Por más esfuerzos que se hagan, ni siquiera en el arte los seguidores de Borges han podido separar su obra de los elogios que el escritor argentino realizó en favor de Pinochet y su sangrienta dictadura; tampoco lo han logrado aquellos que defienden el legado del chileno Miguel Serrano, teñido eternamente por su nazismo.

 

Y eso que ellos ni siquiera dirigieron las cacerías bestiales en contra de nadie. Solo las respaldaron con su apoyo a los hechores.

La reparación de las víctimas de cualquier periodo de violaciones sistemáticas a los Derechos Humanos está lejos de traducirse solo en reconocimientos o dinero. Tiene que ver, por supuesto, con no revictimizarlas y no ponerse nunca del lado del victimario. Pero, por sobre todo, con un respeto irrestricto hacia ellos, cueste lo que cueste, porque la impunidad, más que una nueva herida, puede en ocasiones ser un tiro de gracia.

Deja una respuesta